Correcto, todas tienen Puertas.
Existen puertas de lo mas variopintas, de todos los estilos y tamaños, pero todas tienen en común su función: abrirse para dejar pasar al Rey de Roma, o cerrarse para mantenerlo fuera (o dentro, según gustos).
Supongamos que no queremos que el Rey de Roma entre a su antojo por nuestra casa, para lo cual mantenemos nuestra puerta cerrada. Pero la proveemos de un timbre, un simple botón para que este personajillo, con solo pulsarlo, pueda informarnos de su presencia al otro lado del divisor de terreno, y así nosotros, poder decidir si denegamos o no su acceso.
Pues bien... el problema es... ¿Cuanto mide el Rey de Roma?

Pues esperemos que sea alto, porque si es bajito como yo (no soy un duende de Papa Noel tampoco vaya usted a pensar mal de mi) no alcanzará al timbre, teniendo que recurrir al doloroso sistema de nudillos contra la puerta, que bien es sabido que rara vez es escuchado.
Poniéndonos serios, en esta puerta nos encontramos con un problema en la frontera de Ejecución. ¿Por qué? Sencillamente porque yo se que tengo que hacer, pero mi altura me impide hacerlo. Además el suelo es irregular, y en el punto justo debajo del timbre, es mas bajo de lo que parece (la foto está tomada desde bastante altura).
Sin mas, me despido hasta la próxima, estimado lector, esperando que haya disfrutado tanto usted de la lectura, como yo al escribirlo (y no como yo al intentar tocar el timbre).

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